Ser ateo. Reclamo mi derecho a serlo

Bajo ningún concepto me vanaglorio de serlo, pero yo les pediría a los creyentes de tantas religiones que en el mundo son y han sido, que al igual que yo respeto sus creencias, ellos respetaran a los ateos. Para nada soy ningún asesino, no odio ni deseo mal a nadie, soy un defensor a ultranza de que desaparezcan las desigualdades de este mundo, estoy en contra de la globalización salvaje y jamás mato a una hormiga por el placer de matarla. Ya por aquí he escrito que pase de tener un lavado de cerebro en el que cada cincuenta metros rezaba un padre nuestro por si de pensamiento había cometido un pecado venial, a una crisis de misticismo, en la que la lucha entre creer y no creer me hizo sufrir lo indecible; el final afloro mi ateismo y la verdad es que no quiero volver a pasar por la experiencia.
Como al fin y al cabo esto que escribo ha sido inducido por una mujer, me llama la atención que después de tantas libertades conseguidas, con todo merecimiento, en este último siglo, no reclamen la existencia de una Diosa y que no me vengan con que no se ha dado una que lo merezca, porque para mi la madre Teresa de Calcuta, ha hecho mas meritos que muchos de los dioses actualmente adorados. Tampoco comprendo que no luchen no solo contra la sojuzgación, sino mas bien la humillación que sufren miles de millones de mujeres de ciertas religiones y solo recuerdo el burca, esa prenda femenina que tienen que llevar las mujeres en los países de religión musulmana, que los imanes, enseñen en las mezquitas las forma de pegarles o la ablación del clítoris.
Fue a un personaje tan poco sospechoso como Bertrand Russell, al que un día le leí que la religión y los puntos de vista religiosos (consideraba el comunismo y otras ideologías como religiónes) sirven para impedir el conocimiento, promover el miedo y la dependencia, y son responsables en gran parte de la guerra, opresión y miseria que ha perseguido al mundo.
Aunque a las personas religiosas las respeto, a los agnósticos no termino de comprenderlos. Aunque se que en esta vida nada es blanco ni es negro sino que entre los dos existe una gama amplísima de grises, creo que no dan el paso definitivo por miedo, y como el miedo por ahora no esta entre mis valores, no veo claro el agnosticismo. Para mi el primer deber del hombre es definirse; ubicarse entre la mentira y la verdad.
A ti amiga Myriam, aunque se que no uruguayo, pero muy cercano a ti, te pongo como ejemplo al que para mi ha sido un gran poeta, Atahualpa Yupanqui, del que tengo como una de mis canciones favoritas a Preguntitas sobre Dios (Un verdadero alegato contra El) y que antes de morir dijo: Cuando muere un poeta, no deberían enterrarlo bajo una cruz, sino que deberían plantar un árbol encima de sus restos. Así lo pienso yo, por cuanto, con el tiempo, ese árbol tendrá ramas y un nido y en él nacerán pájaros. De ese modo, el silencio del poeta, se volverá golondrina.
Sigo con frases de otros personajes, aunque se que los creyentes en esto me ganarían. Carlos Marx, que la religión era el opio de los pueblos, Voltaire, que dijo en una ocasión: Me gustaría poder amar a este Dios en que busco a mi padre, y a quien me presentan como un tirano al que no tengo más remedio que odiar.
Más actuales, Luis Buñuel, considerado por muchos el mejor cineasta hecho en España, confesaba ser ateo gracias a Dios, y tanto el recientemente fallecido escritor brasileño Jorge Amado como el ganador del Nóbel José Saramago de Portugal nunca negaron ser ateos, o como Gabriel García Márquez que no oculta su ausencia de religión.
Saramago
ha sido más duro cuando dijo: La inquisición fue, también como hoy los talibanes, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados. Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para poner en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, éstos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y de sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el "factor Dios", ése, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el "factor Dios" el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina.

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